Pedro Barcia: “Tomará más de una década revertir la crisis educativa”

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El académico advierte sobre la pobreza del habla de los chicos.

“Quien tiene el discurso tiene la espada”, cita desde los 15 años Pedro Luis Barcia a Platón. El dominio de la palabra es el poder intangible más eficaz que alguien puede tener, explica el presidente de la Academia Nacional de Educación. “Si usted posee voluntad, memoria y un diestro manejo del sistema lingüístico, es imposible no triunfar en la vida”, agrega con su tono enérgico, una marca registrada de este flamante ciudadano ilustre de la ciudad de Buenos Aires.

Ensayista, lingüista e investigador, reconocido en todo el mundo hispano, acaba de ganar el concurso del gobierno brasileño para que las escuelas de ese país enseñen español en nivel secundario con el manual que él ha dirigido. “Esto es hacer Mercosur”, le dijo María Sáenz Quesada sobre este trabajo al que le dedicó un año, acompañado por las profesoras brasileñas Ludmila Scarano Coimbra y Luiza Santana Chaves. Cercanía joven tendrá una tirada de más de un millón de ejemplares. “El manual fue elaborado desde una perspectiva hispanoamericana y argentina, pues incorpora el voseo rioplatense en la conjugación verbal.”

Barcia reflexiona sobre la crisis de la educación argentina y advierte: “Si empezamos ahora, nos llevará más de una década revertir la situación”.

-¿A qué se debe este deterioro de la escuela que reflejan los índices y se palpa en las aulas y en la expresión de los jóvenes?

-“Estos lodos vienen de aquellos polvos”, dice el refrán. Es decir, esto viene desde hace tiempo y se acentúa con la reforma de la ley federal, en los 90. Comienza en los 60 con la posmodernidad, con aportes renovadores para la cultura, pero con algunos elementos nocivos que persisten como sedimento: el relativismo, el facilismo que atenta contra la cultura del trabajo, el permisivismo y el cuestionamiento de la autoridad. Este último se confunde con el autoritarismo, que es una actitud limitadora y castradora. La autoridad, según el verbo latino, significa “hacer crecer y promover”. El alumno ha absorbido estos valores sin saber que los porta, es la “cultura de la mochila”.

-¿Cuál es la necesidad más urgente de la educación?

–Si empezamos ahora, nos llevará más de una década revertir la situación. Hay que trabajar en la formación docente. Es la ciudadela que hay que defender con uñas y dientes. De este punto depende la reforma, y no que se implementen otras medidas. Un detalle grave: Argentina tiene 1200 institutos de formación docente. Se necesitan al menos 20 especialistas para nutrir cada centro, es decir, un total de 24.000, y el país no tiene estos profesores capacitados.

-¿Cómo evalúa la nueva ley de educación nacional?

-Tiene buenos propósitos, pero está en un territorio minado. La ley establece que la enseñanza secundaria es obligatoria. Estos alumnos provienen de condiciones sociales diversas, que padecen pobreza y postergación social. Por lo tanto, es fundamental la acción no solo del Ministerio de Educación. Aquí se entra en un dilema de hierro entre calidad e inclusión. Es difícil avanzar con certeza en este campo.

-Wittgenstein decía: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. ¿Se vive cada vez en mundos más pequeños?

-No es culpa de los muchachos, sino del sistema. De las cuatro destrezas típicas del lenguaje: la lectura, la escritura, el hablar y el escuchar, la escuela se dedica solo a las dos primeras. Se parte del supuesto de que como el chico articula frases, sabe hablar y escuchar. Es falso. No sabe dialogar. Se desatiende a la formación de la oralidad, esencial para la vida cotidiana. Educamos alumnos con pobreza léxica, sin habilidad comunicativa. Lo hemos transformado en un ciudadano de segunda. La ley reconoce que tiene la libertad de decir lo que piensa, pero los alumnos no pueden armar frases y se les dificulta el pensar. Vamos en deterioro de la posibilidad de una democracia de calidad.
Un erudito de la lengua

Preocupado por entender la cultura a través del tiempo, los continentes y el país, en el último tiempo Barcia, que presidió durante 12 años la Academia Argentina de Letras (AAL), publicó varias investigaciones: El camino en la literatura, La literatura antártica argentina y Los caminos de la lectura. Además, dos hallazgos suyos cobraron forma de libro: Las bibliotecas de San Martín, junto con María Adela Di Bucchianico, donde precisan el contenido y destino de sus bibliotecas, y El habla del Libertador, un estudio publicado en Perú, que analiza el manejo oral y escrito de la lengua por el prócer. Investigador infatigable, hizo dos aportes fundamentales para nuestro dialecto: el Diccionario fraseológico del habla argentina y el Refranero de uso argentino, escritos junto con Gabriela Pauer (Emecé y la AAL), donde se recopilan y explican estos saberes de la cultura popular.

-¿Se deben utilizar neologismos [nuevas palabras]?

-Sí, pueden ser positivos, si están bien hechos. Ahora uso “libros bolsillables” para evitar la gringada de pocket books. Crear neologismos es tarea del escritor. Siempre que exista una palabra apropiada en nuestra lengua, debemos preferirla.

-¿Cuáles son los vicios más recurrentes del dialecto argentino?

-El uso excesivo de las muletillas, algo que debería erradicarse, somos baldados lingüísticos. Junto con mi hija, Maricruz, hicimos un manual: Las muletillas argentinas. Por ejemplo, las que inician un diálogo, como “bueno”, o comenzar una respuesta con una negación, como “no”. Los políticos utilizan demasiado “a ver”. Hay que evitar también los finales del tipo “totalmente”, porque anula toda posibilidad de continuar con el diálogo. También sucede con “y?nada”, de origen peninsular.
Los escritores olvidados

Barcia, además de un experto pedagogo, es un saludable encantador de serpientes. Su oratoria es la melodía. “El niño es un preguntón nato, las mejores maestras son las de jardín, pues lo acompañan en los cuestionamientos. Cuando entran en el primario, cambia la dirección. La pregunta se desplaza de la boca del alumno a la del docente. El alumno pasa de ser una máquina de preguntar a ser un respondón. Esto continúa hasta la facultad, donde ya es imposible el diálogo, con tantos alumnos por clase.”

-¿De qué modo se puede enseñar a Borges?

-“Evite el Alzheimer, lea a Borges”, me gusta decir. Él emplea ambigüedades, falacias argumentativas, paradojas y juegos etimológicos y esto hace que el lector no pueda achancharse. Hay que elegir una selección “borgesiana” -prefiero decir así y no “borgiana”-, comenzar por un libro como El informe de Brodie y una selección de poemas y notas breves, y hacer trabajo en clase, de explicitación y despliegue del texto.

-¿Qué error se comete hoy a la hora de enseñar literatura?

-El comentario de textos se desechó en las universidades y avanzó la teorización literaria. Hay que hacer el ejercicio de tomar una frase o un refrán y que el alumno lo destripe, en lo directo y en lo alusivo. Los chicos tienen una gran potencialidad y no la explotamos por la excesiva negligencia del profesor o por la urgencia de completar sus temas, quien avanza sin preguntar y termina dando clases para una minoría de alumnos.

-¿Qué autores argentinos comienzan a ser olvidados?

-Además de Borges, Cortázar y Bioy Casares, que son conocidos en el mundo, deberíamos promover otros autores, como docentes y para que quienes no los hayan leído, lo hagan. Por ejemplo, Lugones -desterrado de las cátedras-, notable cuentista y poeta; Enrique Banchs, Marco Denevi, que despliega un juego intertextual interesantísimo. Falta una difusión mayor de Adán Buenosayres, de Leopoldo Marechal, y también algunas novelas breves de Eduardo Mallea, como Chaves o Todo verdor perecerá; cuentos de Mujica Lainez y de Martínez Estrada. Hablo de la guardia media. La guardia joven tiene que abrirse camino y crear sus lectores.

-¿Perdió terreno el estudio de la poesía?

-A partir del boom latinoamericano, se identificó la narrativa con la literatura, y el estudio del teatro y la poesía perdieron lugar. Casi no se enseña en las facultades análisis de poesía, llamada a ser una de las potencias más interesantes para desarrollar la imaginación. La lírica es mucho más fácil de portar que los demás géneros, porque se aprende una poesía de memoria y se la lleva consigo en una antología mental propia.

-¿Cuál es la ventaja de leer una novela, frente a ver su adaptación para el cine?

-Son experiencias diferentes, ambas válidas y necesarias. Lo ideal sería si pudiéramos hacer el ejercicio de acudir a ambos textos y entender de qué modo un hombre que apoya el pie en un texto genera otra manifestación notable en otro arte. El problema es que el cine es impositivo y, al ser presentativo, no te da opciones, o muy pocas. El libro genera una experiencia única porque a partir de signos se crea una imagen mental personal, intransferible. Si usted lee a Mary Shelley, mi Frankenstein no va a ser igual al suyo.

-Will Self dijo en un controvertido artículo en The Guardian que ha muerto la novela.

-Desde que tengo memoria, escuché muchas muertes anunciadas: de las ideologías, de las utopías, de los grandes relatos. Ninguna se cumplió. ¡Ha muerto la novela del siglo XX! Es correcto. ¡Y ha nacido la del siglo XXI!

Barcia elabora su diagnóstico sobre la educación y las letras, y explica que la construcción de una persona culta exige disciplina y esfuerzo. “Lamentablemente, se ha amortecido en los chicos la voluntad de superarse. La cuesta abajo es lo que los tienta. En la vida, si uno no practica ejercicios de soga de nudo, no hay desarrollo del trabajo sobre sí mismo.”

fuente: Laura ventura – lanacion

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