“El dogma liberal de Macri” por Julio Bárbaro

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A más de un año de su asunción, el Gobierno no parece tener un plan que no sea suba de precios y la concentración de las empresas.

Soy de los que quieren -necesitan- superar el pasado y no logran entender las razones del presente. Voté al Gobierno, deseo su éxito, pero no entiendo muchas de sus decisiones. Pasó un año y siguen modificando tarifas como si los ciudadanos tuvieran margen para incrementar sus gastos sin que mejoren sus salarios. Me parece que es ideológico. Imaginan a las empresas conducidas por la ganancia y no comprenden que el capitalismo ha ingresado a una etapa donde la concentración de la riqueza solo transita la demencia de la codicia. Y lo peor, priorizan la intermediación por sobre la producción.

La industria producía bienes, era posible la lógica de la ganancia; hoy los servicios venden intangibles, humo, y las telefónicas deben haberse llevado del país sumas desmesuradas a las que nadie se atreve a cuantificar. Estamos prisioneros de la concentración y la codicia, y nos anuncian los aumentos mientras soportamos el vértigo de la caída. Los economistas aseguran la salida de la crisis y uno recuerda los años de estancamiento de países como Japón, y se guarda la duda en torno a la mejoría de este enfermo cuyos síntomas se reiteran hasta el agotamiento.

La idea de que venían las inversiones surgía de un dogma. Parecido a decir que si los malos son los populistas, con la llegada de los otros, los buenos, ya todo comienza a resolverse. Habían decretado “la muerte de las ideologías”, eso fue porque se acabó el marxismo; ahora inventaron eso de los populismos, espacio ocupado por los que creen que los pobres son más importantes que las empresas, que los salarios están antes que las rentas. Y convocan inversores extranjeros cuando hace tiempo que los argentinos no saben qué hacer con sus ahorros.

Achicar el gasto público es imprescindible, pero si es para tan solo asegurar e incrementar las ganancias empresarias puede ser suicida.

El Estado debe expresar una conciencia superior a las ambiciones de los sectores privados. No favorecer tanto a la ciudadanía como para dejar a las empresas al borde de la quiebra. Tampoco favorecer tanto a las empresas como para dejar a la ciudadanía al límite de la sobrevivencia. De eso se trata la política, ese ausente de tantos años de democracia.

Son creencias, convicciones, que en nuestra sociedad no logran convivir, y nuestra enfermiza inmadurez no logra armonizar. O dejamos a las empresas sin rentabilidad o dejamos a la ciudadanía sin derechos. Llevamos años expulsando integrados para convertirlos en marginales. Ya pasamos el tercio de los caídos, y seguimos ensayando recetas. Hay una supuesta izquierda que imagina al Estado como una madre con recursos infinitos, lo suelen dejar al borde de la quiebra. Y vienen los otros que imaginan al ciudadano como un afortunado capaz de pagar todo lo que las empresas requieran, y los transforman en marginales.

Los peajes son un invento absurdo, las rutas las hizo el estado y los que cortan el pasto te colocan una barrera a cada rato. Destruyeron el ferrocarril, vendieron y recompraron YPF, fabricamos coches porque no nos daba el cuero ni el crédito para construir viviendas, y ahora te dejan con la soga al cuello, prisionero de la nafta y el peaje.

Ellos, los que hoy gobiernan, están convencidos que las empresas generan riqueza, trabajo y futuro. No se ocupan de impedir la concentración, y cada día algún clase media sufre el destino de perder su lugar. Fuimos una sociedad marcada por el sueño del progreso, hoy estamos viviendo la pesadilla del riesgo de la caída. Las riquezas no se alteraron, la distribución es la que cambió. Los ricos están mucho más ricos y la consecuencia es que los pobres hoy son mucho más pobres, y su universo es el que más se expande.

Voté a Macri seguro de preferir la libertad y la democracia frente a la demencia del estatismo sin proyecto. La crisis económica iba a ser semejante en ambos candidatos, en ese limitado espacio opté por la democracia. Ahora me da miedo el dogma liberal de los que gobiernan. Intento no caer en la demencia de los que asaltaron el estado diciendo que eran de izquierda. Pero necesito que los que gobiernan asuman el rol de ser alternativa. Y hasta ahora no lo lograron. Hay mucha gente angustiada. Que no me hablen de clima electoral, aquí está en juego el destino colectivo y no quien pueda ganar las elecciones.

No me alcanza con decir que los otros hubieran sido peores. Ni que dejaron el país destruido. Se necesita además la tranquilidad de que el Gobierno sabe dónde ir, tiene un proyecto, cuya coherencia está obligado a trasmitirme. Mi esperanza suele estar unida a mi comprensión. Y en eso todavía estoy esperando. Es hora de que me expliquen cuál es el rumbo, y que me convenzan que son capaces de llevarme a ese destino. Es tiempo de superar la duda para conocer la certeza. Ya conocemos la culpa de los otros, solo necesitamos la garantía del proyecto de los nuevos. Y eso todavía es una deuda

fuente: infobae

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