“Año nuevo, problema viejo” por Jorge Fontevechia

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El fin del comunismo no significó el fin de la historia, como describió Fukuyama, sino un regreso a la Edad Media en un tercio del planeta.

La historia es una estela que el tiempo presente del ojo humano no alcanza a ver. Así como nuestra crisis económica de 2002 aún sigue generando consecuencias económicas y políticas en la Argentina actual, la caída del Muro de Berlín como epicentro del fin del comunismo y comienzo del fin de la Guerra Fría es, aun hoy, aunque sincerada en cuestiones religiosas, culturales o inmigratorias, la causa principal de las convulsiones políticas y económicas mundiales.

La semana pasada estuve en Italia y presencié el Año Nuevo más militarizado en Europa desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Cada plaza céntrica, cada monumento simbólico y cada lugar de alta concentración de personas eran custodiados por carros militares y soldados con armamento de guerra. Se justifica el terror a los atentados porque EI, al ver amenazada su existencia –se especula con su derrota en pocos meses–, aumentó su agresividad ya que le queda poco que perder. Pero después de Estado Islámico, como ya fue después de Al Qaeda, el fundamento (significado de Al Qaeda) del problema se mantiene intacto: una parte importante del planeta no acepta ni la democracia ni el comunismo, justamente los dos grandes contendientes de la Guerra Fría.

Todas las armas de Estados Unidos que tan buen resultado le dieron para ganarle a la ex Unión Soviética la Guerra Fría, armas nucleares y antinucleares, no le sirven para controlar el Oriente Medio actual. “De Occidente queremos su tecnología pero no su cultura”, dicen, aferrados a sus tradiciones. Los chinos dicen lo mismo, aunque sin necesidad de rebelarse porque, por su tamaño, siempre son centrales: “Queremos el progreso del capitalismo: ‘su técnica’, pero no su sistema democrático: ‘su cultura’ política”. Desean el progreso económico pero no el sistema político republicano, de división de poderes y alternancia en el gobierno. Rechazan el comunismo por ineficacia económica pero no tienen problema en continuar en un sistema político, que a los ojos occidentales es igualmente despótico, en la medida en que traiga beneficios materiales.

El fin del comunismo no significó el fin de la historia, como describió Fukuyama, sino un regreso a la Edad Media en un tercio del planeta. Es que el comunismo y el liberalismo político, aunque opuestos en la práctica, comparten el mismo origen cultural occidental y la misma matriz intelectual racionalista. Son más epistémicos que míticos. Derecha e izquierda, mercado o Estado, son también confrontaciones occidentales. Rusia fue siempre Occidente y el desmembramiento de la Unión Soviética (“el mayor desastre geopolítico de la humanidad”, según Putin) dejó sin cobertura problemas ancestrales de identidad, raza y religión de pueblos enteros que no quieren la forma de vida de Occidente. El ejemplo más evidente es Afganistán, que se rebeló contra la Unión Soviética y luego contra Estados Unidos. Pueblos que no quieren que sus hijos y sus mujeres adopten el modelo occidental.

Culturas que creen en paraísos de cuerpos y no de almas, en fantasías que les resultan más concretas y menos abstractas que las occidentales, que depositan su fe en prácticas como el ayuno y la plegaria, y organizan sus sistemas de premios y castigos de forma más simple con la ley del talión.

La rebeldía al cientificismo político y económico explica también el populismo de la década pasada en Latinoamérica y fenómenos distintos pero igualmente emocionales del surgimiento de la antipolítica en los países desarrollados: desde el Movimento 5 Stelle del cómico Beppe Grillo en Italia, el más votado en las últimas elecciones, hasta Podemos en España, donde para formar gobierno fueron necesarios acuerdos parlamentarios que juntaran al PP, el PSOE y Ciudadanos.

El eslogan del Movimento 5 Stelle es: “¡Fuori tutti!”, y el eslogan de Podemos es “Sí, se puede”, consignas conocidas en la Argentina por simbolizar una protesta frente al statu quo, que pueden ser usadas por la derecha o la izquierda pero representan el malestar en la cultura actual.

fuente: perfil

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