“Ajuste sin rebelión” por José Natanson

natanson

Como casi todo lo que realmente importa, la tendencia argentina a la movilización popular y la acción directa se remonta al origen de nuestro país, a la influencia de las corrientes migratorias que entre fines del siglo XIX y principios del XX bajaron de los barcos portando versiones avanzadas de las ideas anarquistas y socialistas que prosperaban en Europa en un clima de creciente resistencia a las viejas autocracias: recordemos que en Rusia gobernaba Nicolás II, que en España mandaba una monarquía asfixiante y que en el sur de Italia todavía imperaban los señores feudales y los capomafias al estilo Don Ciccio, responsable del asesinato del padre de Vito Corleone en la segunda parte de El Padrino.

Cocinada en el fuego lento de varios siglos, esta desconfianza casi genética frente a la autoridad se reflejó en algunos rasgos idiosincráticos que son marcas profundas de nuestra identidad, de la apurada respuesta impertinente al tipo social hiperpsicoanalizado que todo lo cuestiona. Su cristalización institucional se concretó en la temprana creación de sindicatos, mutuales, clubes de barrio y otras instituciones de “ilustración obrera”, todo lo cual contribuyó a consolidar una pulsión igualitarista, una conciencia de derechos y una imaginación plebeya más marcadas que en ningún otro país de la región.

Las movilizaciones contra la ley de residencia de 1902, la Semana Trágica de 1919 y las huelgas en la Patagonia de 1920 fueron las primeras muestras modernas de la inclinación a los métodos extra-institucionales como la forma típicamente argentina de interpelación al poder. Más tarde, en claro contraste con populismos contemporáneos como el varguismo brasileño o el cardenismo mexicano, dotados de un componente movilizacionista atenuado e institucionalmente encuadrado, el peronismo, cuyo mito fundante es precisamente una movilización, la del 17 de octubre de 1945, recurrió una vez más a la gente en las calles como gran recurso de construcción política y, después, como el espacio de escenificación de su conflicto interno, en Ezeiza y en la plaza de los jóvenes imberbes.

Como un claustrofóbico que transpira en los ascensores, la sociedad argentina se asfixia dentro de las rígidas paredes de las instituciones; cuando se angustia, se frustra o se enfurece sale a las calles.

Contestación

En sus ya ocho meses en el poder, el gobierno del PRO produjo un aumento de la pobreza, que pasó del 29 al 32,6 por ciento según los datos de la UCA y del 19,8 al 33,2 según los de CEPA-Indep. El desempleo, de acuerdo a los números oficiales del SIPA, se incrementó en casi 100 mil personas, lo que elevó la desocupación al 9,3 por ciento medida por el Indec. En nítido contraste con un kirchnerismo que con todos sus enormes problemas logró sostener el poder de compra del salario, las jubilaciones y las prestaciones sociales por arriba de la inflación durante todo su ciclo salvo uno o dos años, el PRO ya produjo un retroceso de entre 10 y 15 por ciento, solo comparable a los experimentados con la hiperinflación de 1989 y la crisis de 2001.

Desde el punto de vista económico, el PBI caerá este año un 2 por ciento, la inflación podría llegar al 40 y el déficit fiscal se mantendría en niveles similares a los del 2015. Una performance decepcionante incluso en los propios términos del gobierno: más allá del clásico del domingo entre monetaristas y keynesianos acerca de si el déficit fiscal provoca inflación, lo cierto es que los economistas del PRO así lo creen y a pesar de ello no logran equilibrar las cuentas públicas; más allá de la discusión acerca de si tiene sentido esperar que las inversiones lluevan como resultado de un buen clima de negocios, lo concreto es que ni siquiera gotean. En otras palabras, la estrategia económica del PRO no está funcionando medida con su propia vara.

En este contexto, y considerando la inclinación argentina a salir a las calles, todo indicaría que deberíamos estar ante una contestación popular que, sin embargo, no se está produciendo. Por supuesto, desde diciembre del año pasado se vienen registrando todo tipo de movilizaciones, piquetes y reclamos, entre los que se destacan el acto de las centrales obreras en el Monumento al Trabajo, la marcha de la CTEP y los ruidazos contra el tarifazo. No obstante, y pese al carácter muy masivo que adquirieron, permanecen como acciones desarticuladas y dispersas. Ninguna logró forzar al gobierno a un cambio de rumbo ni afectó de manera significativa la imagen presidencial, que aunque ha disminuido diferentes encuestas sitúan todavía por arriba de un 45 por ciento (1). En suma, no se convirtieron en acontecimientos políticos capaces de alterar la correlación de fuerzas.

¿Cómo se explica esta rareza? Una primera mirada diría que a tres décadas de recuperada la democracia la sociedad argentina ha superado su problema hormonal y ha adquirido la madurez suficiente para aguardar con paciencia las soluciones a los problemas que demandó durante la campaña: los estudios de opinión que sostienen que más de un 70 por ciento de la población considera que las tarifas de luz y gas están atrasadas y que un sorprendente 28 por ciento está de acuerdo con el aumento tal cual fue planteado por el gobierno revelan la conciencia de un sector importante de los argentinos respecto de algunos nudos económicos heredados del kirchnerismo (2). Al mismo tiempo, el cuadro de estabilidad económica, bajo desempleo y amplias políticas sociales que dejó el gobierno de Cristina amortiguan los primeros impactos del ajuste.

Pero esta perspectiva sociológica debería complementarse con un análisis más político. Contra los que más que esperar desean ver el triunfo de los soviets cada vez que se reúnen cincuenta personas en una plaza, resulta difícil que el descontento popular conduzca a movilizaciones que logren sacudir el statu quo si no existen líderes u organizaciones capaces de conducirlo, de transformar el enojo en energía de cambio. De la Revolución Francesa al diciembre argentino, de la primavera árabe al 15-M español, los momentos de auto-representación, en los que la sociedad parece sacudirse las superestructuras institucionales para asumir ella sola, sin mediaciones viscosas que la limiten, su destino, son eso, momentos, que se apagarán indefectiblemente si no encuentran una vía de canalización política.

Y ocurre que hasta el momento, los dos sujetos potencialmente capaces de liderar la resistencia a las políticas oficiales, el sindicalismo y el peronismo, no lo hacen. En el primer caso, porque sus líderes decidieron avanzar en un proceso de unificación que no hubiera sido posible si se anteponía una estrategia de oposición dura con la que no todos coinciden. Y en el segundo, porque los gobernadores priorizan las urgencias de sus distritos a la vertebración de una estrategia nacional opositora para la que, sostienen, todavía hay tiempo. En un contexto en el que el kirchnerismo no logra controlar su veta autodestructiva y los movimientos sociales han llegado a un pacto de gobernabilidad con el gobierno, resulta sintomático que la Plaza de Mayo, que es donde se definen las cosas en Argentina, no haya sido testigo aún de una movilización importante (puede ser una cuestión de tiempos, pero recordemos que a menos de tres meses de asumir, en septiembre de 1989, el menemismo ya había sufrido su primer acto importante de protesta, la movilización contra los indultos, y antes del primer año ya había organizado su primer marcha a favor, la Plaza del Sí, contestada al mes siguiente con una en contra, la Plaza del No).

Contra lo que muchos pensaban, ni el escándalo de los Panamá Papers ni el veto a la ley anti-despidos produjeron una caída severa en la imagen presidencial o afectaron severamente su gestión. El tarifazo, en cambio, sí se convirtió en un problema político, el primero realmente serio desde que el PRO llegó al poder en diciembre del año pasado: aunque fueron las frágiles asociaciones de consumidores las que agitaron la protesta, el golpe final no llegó desde la sociedad civil ni desde las calles ni mucho menos desde el Parlamento o los sindicatos, sino de un fallo emitido por el aristocrático, opaco y casi siempre conservador Poder Judicial.
Pero nada indica que esta situación vaya a durar para siempre. Mi impresión es que la derrota del kirchnerismo en las elecciones del año pasado no se tradujo todavía en una derrota social. Los valores que orientaron las políticas de la última década pueden haberse debilitado, pero no cambiaron del todo. El PRO no logró construir todavía un nuevo clima cultural ni estabilizó un sentido común de época, como logró Menem a partir de la sanción de la ley de convertibilidad y su triunfo en las elecciones de medio término. En palabras de Jorge Asís, estamos como con el menemismo antes de Cavallo.

Quizás por eso, la sensación es que vivimos atrapados en un empate social desangelado cuya definición deberá esperar a las elecciones del año que viene, cuando no sólo compitan oficialismo y oposición sino también las tres fracciones del peronismo (el massista, el kirchnerista y el que espera, titubea y duda). Salvo un colapso anticipado del gobierno que nadie desea, será la voluntad popular expresada en las urnas la que, como corresponde en un país democrático, decidirá si el PRO se consolida como fuerza hegemónica, si logra imponer sus valores al conjunto social, o si pasa a la historia como un paréntesis mediocre entre dos peronismos.

Porque no se trata sólo de ganar bancas y territorios sino definir una disputa más amplia entre ajuste y distribución, Estado y mercado, pasado y futuro, cuestión esta última que resulta crucial. Un mes atrás, en un acto en el Instituto Patria, el ex funcionario Martín Sabbatella dijo que “la memoria social positiva” de la década kirchnerista crecería “en contradicción con las políticas actuales” (3). En realidad está ocurriendo todo lo contrario. Aunque en parte sea injusto y aunque, como ocurrió con Alfonsín, seguramente la perspectiva irá cambiando, lo cierto es que la herencia kirchnerista, afectada por el loop de la familia Báez contando dólares en La Rosadita y la inesperada pasión por la técnica del termosellado, funciona al revés que los buenos vinos: en lugar de mejorar se deteriora con el tiempo.

Es curioso: si el populismo ha sido acusado de sacrificar el futuro en el altar del presente (palabra clave: despilfarro), y si el liberalismo predica el esfuerzo de hoy para la abundancia de un difuso mañana (palabra clave: sacrificio), el macrismo se afirma en el contraste con la década anterior. Como explica Ignacio Ramírez, más que las expectativas Macri está demostrando una extraordinaria capacidad para reescribir la herencia. Desde sus comienzos, el PRO se construyó como un partido que, en contraste con las fuerzas tradicionales, se iba a destacar por su capacidad de gestión: lo que no sabíamos era que su mejor gestión iba a ser la gestión del pasado.

1. La Nación, 14 de agosto de 2016.
2. Clarín, 18 de julio de 2016.
3. http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-304711-2016-07-20.html

fuente: eldiplo

Print Friendly

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

41 + = 49